MODALTERNA. Cinema 33mm. Solo por una noche (2026): la comedia que disfraza nuestra soledad moderna de distopía
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| Foto: Gentileza Prensa |
Hay un momento a mitad de Solo por una noche donde el estruendo de Manhattan se apaga de golpe frente a una barra cualquiera y dos porciones de pizza fría. No suena ninguna canción emotiva de fondo, nadie suelta una frase brillante de manual: solo dos personas mirándose un segundo más de la cuenta, sin saber muy bien qué hacer con las manos. En ese silencio torpe, la película tira la máscara de comedia ligera y roza algo que a más de uno le va a apretar el pecho: en el fondo no hace falta que ningún gobierno dicte un toque de queda para vivir en celibato emocional. Entre las doce horas diarias frente a la computadora, el agotamiento con el que llegamos a la cama y el pánico que da mostrarse vulnerable, media ciudad ya cumple su propia condena de aislamiento sin que nadie la obligue con una ley.
La premisa de Will Gluck suena a chiste sacado de una noche de copas entre guionistas. En un presente idéntico al nuestro, el Estado prohíbe el sexo a los solteros durante 364 días al año y solo concede una ventana de doce horas para desquitarse, con la condición de llevar profilácticos encima. La idea tiene todos los boletos para convertirse en una parodia boba de The Purge, pero la cámara de Gluck no tiene el menor interés en armar una revolución política ni en dárselas de filósofo con la censura estatal. La norma es solo una excusa barata para poner a correr el reloj; la historia real es otra, mucho más simple y vieja como el mundo: dos extraños muertos de miedo ante la idea de dejarse ver de verdad.
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| Foto. Creditos. Universal Pictures |
Allie, que Monica Barbaro interpreta con una frescura que desarma desde el primer cuadro, es una cantante talentosa que prefiere boicotearse antes de subirse a un escenario y ser juzgada. En la otra vereda está Owen, un Callum Turner con ese aire de tipo noble y chapado a la antigua cuyo plan para proponerle matrimonio a su novia salta por los aires en los primeros quince minutos de metraje. Cuando el azar los junta en plena histeria colectiva, la chispa que salta entre ellos tiene un regusto delicioso a las comedias clásicas de los cincuenta: se torean con elegancia, se escuchan con genuina curiosidad y se tratan con una cortesía que hoy parece de otro planeta.
Ahora, seamos francos con las costuras de la película. En sus columnas para The New York Times, la ensayista cultural Alissa Wilkinson suele recordar que el cine actual comete el error de inventar distopías enormes solo para justificar romances sencillos, y aquí la trampa se nota a leguas. El régimen autoritario se cae a pedazos apenas uno piensa dos segundos en cómo funcionaría la vigilancia el resto del año.
La gente camina por la calle con una tranquilidad pasmosa, la policía ni asoma la cabeza y, cada vez que el libreto necesita que los protagonistas crucen tres avenidas sin problemas, la famosa prohibición parece esfumarse mágicamente. Tampoco ayuda la insistencia de meter canciones de moda con calzador en las transiciones, rompiendo ese ritmo íntimo y callejero que Barbaro y Turner se fajan construyendo a puro pulso sobre el asfalto.
Hacia el final, el guion vuelve a trastabillar con un par de malentendidos forzados que parecen puestos ahí solo para estirar la película hasta los noventa minutos de rigor. Pero aun con esos tropiezos, la historia no se hunde porque nunca pretende darle lecciones morales a nadie. No te dice qué está bien ni juzga el deseo ajeno; simplemente te suelta una pregunta al oído antes de que prendan las luces de la sala: si mañana nos dieran doce horas de tregua absoluta para romper cualquier regla sin consecuencias, ¿saldríamos corriendo a quemar la noche con cualquiera, o daríamos lo que fuera por encontrar a alguien con quien sentarnos a hablar sin caretas hasta que amanezca?
Al final, el cine no está para arreglarnos la vida ni para darnos recetas de conducta. Solo abre una ventana pequeña a la penumbra de una sala para que cada quien se mire en el reflejo que le toque. Solo por una noche tropieza con sus propias reglas de juego, sí, pero tiene un corazón noble y dos actores magnéticos que le perdonan el desorden. Lo que cada uno se lleve al salir del cine ya no es culpa de la pantalla; es cuenta de cada quien.



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